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ASESINATO IMPOSIBLE por Ismael Kellerman
PRÓLOGO
Mil dólares fueron mis honorarios en un caso que no resultó complicado. Mi socia Sharon y yo habíamos conseguido la información suficiente para que la inocencia de nuestro cliente fuera confirmada. Pero lo que quiero contar en esta historia no es la aventura de papeleos que padecimos mi compañera y yo en este aburrido caso, sino el que nos abordó a continuación; tuvo que ser el nombre de nuestra oficina el culpable de que este cliente nos visitara, ya que la semejanza del caso en cuestión con el rótulo que figuraba en nuestra puerta era inminente:
“Casos imposibles, detectives competentes”
Este era nuestro lema y la aparente similitud con el caso la descubrirán muy pronto. Esta investigación duró tres semanas y fue un nuevo récord en nuestros ficheros, los cuales registraban como más duradero el de Louis Shale, que nos llevó diecisiete días de profesión y más de un susto; aunque no sean sustos precisamente los que falten en el relato que les ofrezco.
Para conseguir mayor claridad al contarles lo sucedido, dividiré los hechos en capítulos que se referirán a cada una de las semanas en las cuales resolví, no sin dificultades, el caso. Según mi experiencia, todos los grandes escritores suelen describir a sus protagonistas y, aunque no llegue a su nivel, no seré menos e intentaré en este prólogo demostrarles el aspecto físico y moral de mi compañera Sharon y el propio mío. Por cuestión de principios y caballerosidad, empezaré por la descripción del componente del sexo fuerte, Sharon:
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Sharon Jefferson Willis nació en Nueva York hace veintiséis primaveras. Es una mujer de mediana altura, rubia y de fuerte personalidad. Sus ojos, profundos y castaños, dejan entrever a una persona seria en el trabajo y divertida en sus ratos libres, todo lo que un detective puede desear de su socia. Volviendo a su parte física, podemos hablar de unas piernas que no se llevan mal con las minifaldas y de la amistad que posee desde hace años con corpiños y ropa ceñida. Es la única manera que se me ha pasado por la cabeza para describir sus bellas curvas sin dar más detalles.
Ahora llega la parte difícil, mi descripción. Ustedes pensarán en mi semejanza con tipos como Mike Hammer, James Bond o incluso Sherlock Holmes; todos aquellos personajes que hicieron famosa nuestra profesión y a veces la superaron llegando a las altas cotas del espionaje. Pero si vieran mi fotografía quedarían totalmente desilusionados. Mi aspecto es el de cualquier hombre de la vida cotidiana que lucha por sobrevivir, altura normal, pelo castaño y de complexión más bien delgada. Quizás mi única virtud física sea la de tener unos ojos verdes extremadamente claros, los cuales parecen ser la única razón del amor que Sharon profesa por mí. En cuanto a mi descripción de carácter, suelo estar alegre la mayor parte del día, y mi parte seria sólo sale a relucir cuando es claramente reclamada. Como último punto, destacar la facilidad y astucia (modestia aparte) con la que resuelvo casos que al pensamiento de otros carecen de solución lógica.
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Después de haber superado mi descripción (más difícil que muchos de mis casos), abordaré el tema en cuestión y podrán comprobar, por su nombre de archivo, la clara semejanza que mantiene con nuestro lema; es nuestro caso número treinta y nueve y da título a nuestra historia:
“Asesinato imposible”
CAPITULO PRIMERO:
-Un homenaje convertido en defunción.
Veintiocho de Marzo de 1993. El caso McGregor quedaba cerrado, y Sharon me aconsejó que nos buenatomáramos unas s vacaciones. Acepté. Debido al mes en que nos encontrábamos tuvimos que pensar en algún sitio cálido que nos brindara un mes inolvidable; puedo asegurarles que fueron las vacaciones más “inolvidables” de mi vida.
Nos recomendaron las cálidas aguas del sur de España, y la idea de visitar el país del cual procedía mi abuelo me arrastró sin dudar a firmar todos los papeles necesarios de esa agencia de viajes. Era irónico que para pasar las vacaciones tuviéramos que pasar antes por el papeleo, que era lo que más odiábamos en nuestro trabajo.
El uno de Abril sobrevolábamos el desierto de agua que separa al continente americano de su descubridor. Cuando pisamos tierra firme en el aeropuerto de Alicante un extraño presentimiento pasó por mi cabeza, como intentando prevenirme de algún suceso. Nunca había creído en las corazonadas, pero después de lo que sucedió jamás volveré a desconfiar de ellas. Recogimos el equipaje y pedimos un taxi, lo cual fue empresa harto difícil debido a mi escaso conocimiento de la lengua castellana, ya que lo poco que sabía me lo había enseñado mi abuelo en sus ratos libres, pues como ya he dicho era español de nacimiento.
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El cansancio era una tortura constante y la llegada al hotel fue un alivio tanto para mí como para Sharon, que cayó desplomada en la cama y quedó dormida al instante. Abandoné la habitación de puntillas, ya que quería echar un vistazo a lo que sería nuestro “hogar provisional”. Después de haber visitado las instalaciones pedí al conserje que nos llevaran la cena a la habitación y, al decir mi nombre y número de habitación, éste metió la mano en un cajón y sacó un sobre en el cual figuraban dos nombres: el mío y el de Sharon. Subí rápidamente y desperté a mi compañera; seguidamente le conté lo sucedido, y sin dar muestras de entender mucho me dio la razón, demostrando que todavía no había salido completamente del sueño. Abrí la carta con cuidado y la leí en voz alta; ese texto será el que ustedes también podrán leer en las siguientes líneas:
“ Estimados Sharon y John :
Se celebrará el día cinco de este mes una pequeña convención en torno a la figura del archiconocido investigador privado Boris Protassov, para conmemorar sus sesenta años de dedicación a la profesión. Al conocer su visita turística por los bellos parajes españoles, nos complacemos en invitarles a dicho evento, el cual se desarrollará en Madrid; tendrán dos días de estancia totalmente pagados en “La casa de los detectives”, donde se suelen dar estos actos.
Seremos enormemente felices si ustedes aceptan nuestra invitación; ese mismo día cinco a las ocho de la mañana un coche pasará a recogerlos.
Un cordial saludo: Sr. Starks”
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Algo no encajaba. Montones de preguntas invadieron mi cabeza: ¿quién era el tal Sr. Starks?; ¿cómo conocían nuestra estancia en España?; ¿qué era “La casa de los detectives”? y por último ¿por qué se conmemoraban esos sesenta años de profesión cuando hacía tres meses que se habían cumplido?
Miré a Sharon y vi brillar sus ojos; yo sabía que Boris Protassov era su ídolo, y pareció que al oír su nombre había espabilado totalmente. El diálogo que mantuvimos es difícil de explicar, con lo cual intentaré plasmarlo lo mejor posible en un estilo directo no muy exacto, puesto que, lógicamente, no logro recordarlo en su perfección:
- ¡Es increíble, nos han invitado a una fiesta en honor al maestro Boris!
- No es una fiesta - repliqué -, es una conmemoración, y será aburrida, muy aburrida. Montones de viejos zorros contarán sus aventuras, y aparte de tener que escucharlas con educación, deberemos elogiar sus peripecias, cosa que crispa los nervios del más templado.
- Imagina que Boris esté allí… ¡sería fantástico!
- La carta no lo especifica, pero ¿no notas algo extraño en todo esto? - pregunté a Sharon para confirmar mis sospechas.
- ¿Extraño? - contestó. - En absoluto. Lo encuentro emocionante, y sólo espero que tú estés de acuerdo con nuestra marcha a Madrid.
Parecía que el nombre de Boris Protassov había turbado la mente de mi querida Sharon, y no llegaba a concebir que esta convención resultara ser una trampa, una broma o algo parecido; incluso yo llegué a olvidarlo con el paso del tiempo.
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El día cinco a las ocho de la mañana nos encontrábamos en la entrada del hotel, esperando la llegada del misterioso coche que nos llevaría a Madrid. Sharon y yo habíamos elegido nuestras mejores galas para la ocasión. Sharon lucía un conjunto de color rosa pálido, compuesto de falda corta y escote adornado (aunque no hacía falta adornarlo más). Yo me había puesto un elegante traje regalo de un cliente por resolver el caso de desfalco en su tienda de modas. Decidí llevar corbata, cosa extraña en mí, pero Sharon me había obligado a ponérmela la noche anterior con unas razones muy convincentes que todos ustedes imaginarán, y que por ello obviaré.
Llevábamos ya diez minutos esperando, y empecé a sospechar en que la carta había sido una broma de mal gusto para chafar nuestras vacaciones. Dos minutos después tuve que rechazar esta suposición, puesto que enfrente nuestro aparcó un coche conducido por un extraño chófer que, amablemente, nos invitó a pasar. Dejé entrar primero a Sharon y, mientras tanto, otra pregunta complicó más la situación: ¿cómo conocían nuestras caras? La entrada del hotel estaba a rebosar de gente: gente que pedía taxis, gente que esperaba familiares,… y nosotros sólo éramos dos más entre toda aquella multitud. Sin embargo el vehículo había parado justo donde nos encontrábamos y el chofer, sin dudar, nos invito a entrar como si nos conociera de toda la vida.
Absorto en mis pensamientos me había quedado en la puerta del coche, y tuvo Sharon que introducirme en el vehículo con un “pequeño” tirón de corbata que más tarde le recriminé.
El viaje duró cuatro horas y media, y el conductor de nuestro transporte no paró ni una sola vez, aunque pasamos por paradores y lugares de descanso de presencia acogedora. Al llegar a Madrid (ciudad muy bella y de gran estilo, que sería sin duda la ciudad estrella de Europa si tuviera un mar donde alojarse), nuestro chofer entró en el parking subterráneo de un edificio gris y oscuro, de fachada antigua y poco cuidada que parecía ser la misteriosa “Casa de los detectives”.
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Un botones nos esperaba en el ascensor del garaje que comunicaba al resto del edificio. Recogió nuestras bolsas de viaje y nos llevó a la tercera planta. Esta planta tenía cinco habitaciones numeradas del 301 al 305; el botones nos llevó a la que sería nuestro refugio hasta la hora del evento: la 304. Esto me recordó una frase de la carta de invitación que no había llamado mi atención, y que de repente recordé: “dos días de estancia totalmente pagados”. ¿Para qué dos días si el evento se realizaría en uno solo?
Mientras pensaba en esto, Sharon mantenía una conversación bastante extraña con el botones: ella usaba frases españolas difíciles de comprender y el botones intentaba defenderse con el poco inglés que seguramente había estudiado en su breve asistencia a la escuela. Sharon quería saber si Boris Protassov se encontraba en el edificio, pero el botones, con la frase que mejor sabía pronunciar, “I don´t understand”, no le fue de mucha ayuda a mi compañera. Decidí intervenir, y mi español fue suficiente para aclarar el malentendido: el botones no tenía ni la menor idea de quién era ese tal Boris Protassov. También pude saber que las cinco habitaciones del piso en que nos encontrábamos estaban ocupadas por huéspedes en las mismas circunstancias que nosotros.
Le di una propina al botones muy merecida, ya que había realizado un gran esfuerzo para aclarar nuestras dudas. Éste quedó sorprendido al ver que su propina no eran pesetas, sino dólares americanos. Después entramos en la habitación, y le dije a Sharon que permaneciera allí. Me disponía a visitar a los huéspedes de aquella planta para contrastar ideas. Por seguir un orden lógico empecé mi singular investigación por la 301, cosa de la que me arrepentí. Ya me encontraba de frente a la 301 y llamé a la puerta dos veces (pues nunca he acostumbrado a hacerlo de otra forma), y seguidamente un rostro femenino abrió la puerta:
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- Buenas tardes.
- Buenas tardes - me contestó educadamente.
- Soy el huésped de la habitación 304, y me gustaría comentar con usted algunos detalles sobre esta ceremonia.
- Pase usted - me dijo con una sonrisa. Mi nombre es Melinda, y vengo de Hungría (que conste que yo empecé a hablar inglés y ella siguió la conversación con un acento casi perfecto). Me invitaron a esta fiesta a la cual accedí con gusto.
Era la segunda vez que oía usar el término fiesta para lo que yo prefería llamar evento. Pasé este detalle por alto y proseguí con la conservación:
- Mi nombre es John Martínez - dije presentándome - y suelo dormir en Utah, Estados Unidos. He venido con mi amiga y compañera profesional Sharon Jefferson, y también hemos sido invitados a este evento - remarcando con esta última palabra mi preferencia a no llamarlo fiesta.
- Yo sin embargo - contestó Melinda - estoy sin compañía. No tengo socios en mi trabajo ni los necesito, pues me valgo por mi sola.
Con estas declaraciones era fácil reconocer un carácter duro y seco en mi primera visita, aunque bien disimulado por una sonrisa de niña pequeña que volvería loco a más de uno. Físicamente no era nada especial, pero tenía algo que la hacia bastante atractiva. Estos pensamientos rondaban mi cabeza mientras continuaba la conversación:
- No lo pongo en duda - contesté a su “modesta” afirmación - pero creo que será mejor centrarse en la razón de mi visita. ¿No ha notado usted algo rara la celebración de este evento? - pregunté por fin a nuestra atractiva húngara.
- Sólo hay una cosa que parece extraña… - afirmó claramente. Entonces creí haber encontrado una persona partícipe de mi opinión. Pero las siguientes palabras rompieron mis esquemas y me hicieron sentir incluso humillado:… y es que usted esté molestándome diciendo cosas sin sentido alguno, dignas del peor de los detectives. Le rogaría abandonara mi habitación y que el número 301 no signifique a partir de ahora nada para usted.
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Con la elegancia de un caballero abandoné la sala sin replicar la falta de respeto de Melinda, y pedí al cielo no encontrar en el resto de las habitaciones gente tan introvertida como ella. Intenté olvidar este mal trago y me dirigí a la habitación 302. Estaba a punto de llamar cuando dudé si debía hacerlo o no. Después de lo sucedido habían desaparecido en mí las ganas de conocer nueva gente, pero mi espíritu detectivesco hizo que mis nudillos dieran dos golpes en la puerta de la habitación en cuestión.
Estaba dispuesto a encontrarme lo que fuera con tal de aclarar las cosas que tan intrigado me tenían. Se abrió la puerta y creí haber encontrado la antítesis de Melinda: un hombre alto, de aspecto despreocupado y rostro feliz, no dudó en hacerme pasar sin apenas saber quién era, invitándome a tomar asiento mientras cerraba la puerta. Por ahora había tenido suerte; mi segunda visita parecía dominar el inglés con soltura, y dio claras muestras de ello cuando inició nuestra conversación:
- Buenas tardes, señor Martínez - fueron sus palabras. Quedé enormemente sorprendido al ver que este hombre conocía mi identidad:
- ¿Cómo sabe usted quién soy? - pregunté nervioso, ya que últimamente parecía que todos me reconocían.
Más me sorprendió su respuesta, no por falta de razón, sino por su discordancia con el momento que transcurría:
- La gente cabal comete los crímenes más inesperados.
Pero pronto las cosas se aclararon:
- Usted es… ¡Felipe Ruiz! - exclamé con alegría.
- ¡Pues claro idiota! - contestó graciosamente con acento mejicano.
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Felipe Ruiz había estado hace dos años en mi oficina de Utah resolviendo conmigo un caso de robo. Había cambiado mucho pero su lema me ayudó a reconocerlo. Él era español, y solía bromear usando un acento mejicano digno del mismísimo Pancho Villa.
Le comenté todas mis sospechas acerca de ésta conmemoración, y parecía estar de acuerdo conmigo; además sabía como se había organizado todo y me lo contó. En resumidas palabras, habían buscado cinco de los mejores expedientes de trabajo, a los que se escogieron para que los detectives acreedores de estos fueran agraciados con la invitación al evento.
Eran las cuatro y media, y dentro de una hora, empezaría el “espectáculo”. Me despedí de mi amigo Felipe, recordando su lema: “La gente cabal comete los crímenes más inesperados”.
Entré en mi habitación finalizando mis visitas, puesto que la conversación que mantuvimos Felipe y yo era lo máximo que se podía pedir a mi pequeña investigación.
Sharon estaba dándose los últimos retoques, que hacían, si es posible, que pareciera más hermosa. Esa hora pasó volando, y enseguida nos encontramos con todos los huéspedes de la tercera planta reunidos en el ascensor, el cual nos iba a llevar a la quinta planta, que era el lugar donde estaba situado el salón de fiestas.
Me situé a distancia prudencial de Melinda por razones obvias, y Felipe esquivando a personas que yo desconocía consiguió ponerse a mi lado, salimos del ascensor y comenzamos a conversar:
- Dicen que Protassov estará aquí - le comenté esperando una respuesta.
- Si, eso he oído - respondió sin darle importancia - Sin embargo corre el rumor de que esta fiesta es una especie de convención, con el gancho de Maestro Boris, asegurando así la llegada de todos los invitados.
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Esto confirmaba mis sospechas en cuanto al tiempo que se había tardado en conmemorar esos sesenta años de dedicación a la profesión. Pero mientras estaba embebido en pensamientos, una persona de avanzada edad subió al altar colocado para la ocasión, y sacó de su bolsillo un pequeño papel con el discurso que ahora leerán:
“Buenas tardes a todos los asistentes y gracias por estar aquí. Mi nombre es Jack Connery y presidiré este homenaje. Creo que es digno de valor…” en ese momento, el botones que yo había conocido esa misma tarde interrumpió el sermón y entregó al tal Jack una nota, la cual cambió el rostro alegre del anciano que empezó a mostrar gran preocupación. En ese momento, aunque parezca extraño, pensé en Sharon; ¿porqué se alejaba tanto de mi?, ¿porqué no había visto nada sospechoso en nuestra invitación?; las palabras que pronunció seguidamente el anciano consiguieron helar la sangre al público existente. Logré contar catorce invitados más el anciano, y todos no creyeron lo que oyeron:
-Señores - dijo con voz disgustada - Boris Protassov no podrá nunca más asistir a homenajes de su persona, pues ha sido asesinado esta tarde. Todas las salidas han sido cortadas, pues el autor del crimen se encuentra aquí, en esta sala, ya que no hay más gente en esta casa excepto el conserje, que llegó hace diez minutos, y que fue el que encontró el cadáver de la víctima. Rogaría a todos ustedes que volvieran a sus habitaciones correspondientes y que permanezcan allí hasta que esto se resuelva, gracias.
-Increíble - exclamó Felipe - ¿Cómo puede haberse asesinado al que era el mejor detective de la historia contemporánea?
Felipe estaba totalmente impresionado con lo sucedido, mientras tanto, y aunque parezca algo inhumano, vi con la muerte de Protassov las puertas de la fama abiertas de par en par. Si resolvía el caso del asesinato de Boris Protassov sería mundialmente conocido.
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Llamé a Sharon y nos fuimos a nuestra habitación. Yo quería hablar con ella del caso, pero utilizaba evasiones: ¿a qué se debía este comportamiento?; ¿cuál era la causa de ese cambio de actitud?
Cinco minutos después la llegada de Felipe a mi habitación hizo que me olvidara de todo eso:
-John - dijo con aires policíacos - debemos resolver este caso.
Felipe era muy ambicioso, y parece ser que había pensado como yo, y la idea de trabajar juntos por segunda vez me entusiasmó. Me dijo que debíamos hacer una lista con toda la gente que se encontraba en el hotel, exceptuándonos mutuamente por educación. Si restábamos a Felipe, a Sharon y a un servidor nos quedaba una larga lista de catorce sospechosos, de la cual conocíamos a Melinda, Jack, el botones y el conserje que parecía estar totalmente descartado.
Felipe y yo nos pusimos de acuerdo en visitar las dos habitaciones, 303 y 305, las cuales eran cobijo de personajes desconocidos para nosotros.
Objetivo: habitación 303. Inquilino o inquilinos: desconocidos. Dos golpes de nudillos en la puerta desvelarían el misterio. Llamé. La puerta se abrió ligeramente, como si en esa habitación se escondiera algo o se tuviera miedo de alguien:
-¿Quiénes son ustedes? - preguntó preocupado.
-Somos de habitaciones cercanas a la suya, y hemos pensado que sería bueno conocernos, ya que nuestra estancia puede ser muy larga - contestó Felipe.
-Pasen ustedes por favor
Nos acomodamos en un sofá, que debía haber sido comprado a gran escala, puesto que Melinda, Felipe y yo teníamos el mismo.
-Mis hermanos no se encuentran aquí, sino que están en la cafetería hablando con Jack Connery, el cual nos invitó a bajar. Yo preferí quedarme en mi habitación, y veo que para ustedes ha sido una suerte.
No conocía yo a sus otros dos hermanos, pero por el carácter de este los hubiera tachado de la lista en un abrir y cerrar de ojos. Nuestro amigo continuó hablando:
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-Me llamo Roberto y soy italiano; mis hermanos son Alberto y Ferdinando, y somos detectives de alto prestigio allá en Italia. Antes de conversar con ustedes me gustaría que ellos estuvieran aquí, por el hecho de tener todos la misma información.
Parecía realmente un profesional en su trabajo. Sus principios eran impecables, y yo no dudaba de su inocencia. Se abrió la puerta. Eran Alberto y Ferdinando. Su hermano, cual buen detective, contó en breves palabras quienes éramos y a qué habíamos venido. Pero el más alto de los dos dijo:
-Quizás nuestras noticias sean más interesantes. Jack Connery ha propuesto que todos los detectives de la planta tres se pongan a trabajar en el caso, ya que su inocencia no será dudada. Esto no será una obligación; aquel que quiera irse lo podrá hacer libremente. Debemos de informarlo a todos los huéspedes.
Su estilo de hablar era claramente italiano, pero me había fijado más en el contenido del texto que en su presentación, y de nuevo volvieron preguntas a mi cabeza que eran más intrigantes que las anteriores; ¿cómo se nos daba ya por inocentes? ¿por qué se dejaba salir a los que quisieran marcharse, si su objetivo era mantenerlo en secreto? y por enésima vez ¿a qué se debía la pasividad de Sharon? Sharon me tenía muy preocupado, pero no era momento de sentimentalismos. Todos quedamos de acuerdo en visitar la habitación 305 mientras Ferdinando iba a visitar a Melinda ya que era razonable que yo no volviera a hablar con ella.
Al llegar a la 305 ocurrió algo que nadie esperaba. La habitación había sido desalojada; parecía que el individuo que la ocupaba no dio importancia a la oportunidad que se brindaba de solucionar el asesinato de Boris Protassov. Una nueva pregunta que era bastante inquietante me hizo pensar de nuevo en la posible broma o trampa de esta “Casa de los detectives”:
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¿Cómo se había dado tan firmemente por asesinato? Tendría que haber razones obvias, y pensé que sería mi siguiente punto de investigación después de hablar con el botones; el cual al verme vio lo que se le echaba encima: otra lección de spanglish. De la conversación ambos salimos beneficiados: yo supe que el varón que ocupaba la habitación aceptó la invitación de marcharse y que antes de irse, el individuo mantuvo una conversación con Jack Connery; el chico, supo que en mi cartera sólo había dólares americanos, y que su información fue muy valiosa, ya que aumentó su colección de ésta clase de moneda.
Vino Ferdinando e intercambiamos informaciones. Melinda ya sabía la noticia y Ferdinando supo lo del éxodo de la 305.
Se había hecho tarde y una despedida formal nos dispersó a nuestras habitaciones. Entré en mi habitación. Sharon se estaba duchando, y la tentación de llevarle la toalla fue casi insuperable, pero lo conseguí. Luego, como ya me tenía acostumbrado, no puso interés en el caso y se acostó muy pronto.
Fui a visitar a Felipe y le pedí que hablara con el conserje para saber quienes eran las siete personas que nos restaban por conocer. Yo mientras hablaría con Jack Connery. Nos separamos para encontrarnos una media hora después en su habitación:
-Qué tal te ha ido con Jack Connery?
-No me ha sacado de muchas dudas. La única información clara que me ha proporcionado es que Boris fue envenenado
-Esto se pone interesante - dijo con una sonrisa - He estado diez minutos con el conserje, y en el resto del tiempo he creado mi lista de sospechosos. Aquí la tienes.
Leí con atención; todavía la tengo guardada y por eso la puedo reproducir con exactitud:
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Nº1- Jack Connery. Presidente de “Casa de los detectives”; antiguo policía que descubrió en la investigación privada su vocación. Expediente intachable.
Nº2- Steve Welles (el conserje). Encontró el cadáver, única sospecha de su culpabilidad.
Nº3- Javier Solana (el botones). Chaval sin estudios, y sospechoso por su fama de impulsivo.
Nº4- Melinda Eastrick. Húngara de mal carácter y una de las máximas candidatas a caer entre rejas.
Nº5- Bob Mckey. Marchó sin querer saber nada, y puede que a causa de su culpabilidad.
Nº6- Michael Smith. Miembro de la directiva de la “Casa de los detectives”. Ninguna razón aparente para cometer el delito.
Nº7- Phil Grant. Hijo del fundador. Su trabajo consiste en dar las cosas por buenas o por malas.
Nº8- Karl Jackson. Antiguo socio de Boris Protassov, y para mi, sospechoso número dos.
Nº9- León Volkov. Sin comentarios.
Nº10- Meter Schulte, excomisario de Berlín y que eligió la “Casa de los detectives” como su nuevo hogar.
Nº11- Luisa Ramirez. Dueña del edificio, y que lleva la “Casa de los detectives” junto con Phil Grant.
Nº12- María Sukuma. Totalmente desconocida. Se cree que su entrada en la sociedad tuvo que ver con un lío amoroso con Michael Smith.
Esta es la lista de doce sospechosos que Felipe me ofrecía, y con la cual yo no estaba de acuerdo. Me despedí de él y volví a mi habitación. Tomé la decisión de llevar don investigaciones paralelas: la mía propia, de la que nadie sabría nada, y la compartida con Felipe, puesto que podría aportarme datos de interés que quizás no conseguiría por mis propios medios.
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Entonces reduje la lista de sospechosos de Felipe, eliminando los miembros uno, dos, tres y cuatro, siendo este último el que más me costó decidir, debido a la introvertida personalidad de Melinda. Pero recordé una pequeña parte de lo que me dijo que me condujo a eliminarla de la lista de sospechosos: “…cosas dignas del peor detective…”. Un asesino no juzgaría nunca a un detective, y menos de esa forma tan desaprensiva. Con lo cual mi lista costaba de ocho sospechosos; volví a pensar en Sharon, pero rendido como estaba, pensé que lo mejor sería dormir.
SEGUNDO CAPITULO:
-Una defunción convertida en trabajo
Para aquellos meticulosos lectores que sigan con cuidado todos los detalles, me gustaría decir que el capítulo anterior abordó nueve días, pero que lo que hice a conciencia para que los capítulos a partir de ahora encajen perfectamente con una semana completa.
Nueve de la mañana. Seis de Abril de 1993. El botones nos entregó una nota en la que se nos invitaba a las diez y media a una pequeña charla en torno al crimen que allí se había cometido. Era mi oportunidad de escuchar nuevas teorías y de preguntar como se había podido dejar ir a Bob Mckey sin comprobar su inocencia.
A las diez y veinte Sharon y yo nos encontramos en el salón de fiestas donde conoció a los hermanos Riva, que así se apellidaban Ferdinando y los demás.
Se habían colocado sillas en forma de círculo con el altar justo en medio. En el altar se encontraba Jack Connery:
-Silencio por favor…Buenos días a todos. Espero que hayan dormido bien. El triste episodio de ayer parece no tener solución, y creo que si ustedes trabajan en ello, antes podríamos salir de aquí. Ahora estoy dispuesto a contestar cualquier pregunta…
Antes de preguntar yo, esperé para ver si los demás tenían algo que les inquietara. Primero habló Melinda:
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-¿Porqué no podemos ver el cuerpo del señor Boris Protassov?
Una muy buena pregunta, pensé. Veamos que contesta nuestro amigo Jack. Pocos instantes después la respuesta me dejó perplejo:
-El difunto señor Protassov ha sido trasladado a un hospital para estudiar el tipo de veneno que provocó su muerte.
La respuesta a primera vista, parece ser lógica; pero después de contrastar un par de datos convertía el caso en un reto cada vez más imposible. Todos sabíamos que estábamos incomunicados con el exterior, y todas las salidas estaban cerradas. Existían dos posibilidades: una llamada interior, y otra exterior. La interior quedaba descartada por el corte que sufrió la línea telefónica al saberse la noticia del fallecimiento de Protassov; la exterior se eliminaba por la simple razón de que no se dejaba salir a nadie.
Eliminando estas dos razones, surgía otro par: la existencia secreta de algún medio de comunicación con el exterior, y la libre salida de alguien del lugar que pudo contactar con el hospital. Fuera cual fuere la situación, algo extraño estaba sucediendo.
Entonces, surgieron mis ansias por preguntar, y sin haber pedido turno previo, pregunté:
-¿Cómo es posible haber dejado marchar a un sospechoso como era el inquilino de la 305, Bob Mckey, sin saber si era culpable o no?
Jack Connery, que parecía tener respuestas para todo, contestó:
-León Volkov, que seguramente sepan ya quién es por sus investigaciones, es además socio de esta casa, un muy buen forense, y ha constatado la muerte de Protassov a las 12:15. Todos ustedes estaban todavía de viaje a esa hora, y por eso se les dio la libertad de marchar. Bob Mckey no quiso saber nada del caso, y me preguntó si podía marchar tranquilo. Le conté esta historia y pudo partir sin problemas.
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-Gracias- contesté educadamente. Con las palabras de Jack Connery, Felipe perdía dos sospechosos, Melinda y Bob; yo sin embargo, había acertado con Melinda, y solo eliminé de mi lista a Bob.
Las siguientes preguntas carecían de importancia, y Felipe y yo entablamos conversación:
-Mi lista llega ahora a los nueve sospechosos
-¿Estás seguro? - pregunté extrañado - Si has eliminado a Melinda y a Bob, serían diez los candidatos.
-Pierdes un pequeño detalle, León Volkov también ha salido de mi lista. Un forense cometiendo asesinatos sería como un tonto dándose más trabajo.
El razonamiento de mi amigo Felipe me pareció absurdo. A mi me había sucedido todo lo contrario, ya que con la clara exactitud en la que confirmó la hora del crimen, escaló puestos en mi lista negra.
Después de la charla, este era el orden en que coloqué a mis sospechosos: León Volkov (por lo que acabo de contar); Karl Jackson (abandonado por Protassov cuando eran socios); Luisa Ramirez y Phil Grant (por ser dueños de la casa y buscar su resurgir a una noticia como esta) y en último lugar, Michael Smith, Peter Schultz y María Sukuma, sin razón aparente alguna.
El resto del día lo pase con Sharon, y cada vez que intentaba hablar con ella, me pedía que olvidase el tema y que solo pensara en nosotros dos. Parecía que Sharon me ocultaba algo que yo no sabía ni debía saber, y eso me ponía nervioso.
El día siguiente no tuvo nada especial. Hubo una charla sobre psicología criminal, y se expusieron teorías de cómo se podía haber realizado el crimen que me parecieron dignas del mismísimo Walt Disney.
Llegamos rápidamente al día ocho, y los hermanos Riva me invitaron a su habitación después de comer. Parecía que tenían algo importante que contarme, y así fue. En su habitación Alberto le pidió a Ferdinando que me informara de lo que le había sucedido aquella noche:
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-Bueno, no es algo normal; aún me pregunto como pasó, pero fue así; eran las dos de la mañana, y bajé al salón para ver si había algo para comer. Oí un grito y vi como una sombra llevaba a alguien a cuestas, los dos penetraron en la oscuridad. Chirriaron unas bisagras y sonó un portazo, pero al encender las luces no había nadie. Solo había una salida, y yo me encontraba cerca, y sé con certeza que no salieron por allí. En definitiva, se esfumaron.
En ese instante llamó a la puerta el botones; Roberto abrió la puerta y le fue entregado un papel; al verme, el botones me dio también uno a mi. Se nos solicitaba con urgencia en la sala de fiestas. Cinco minutos después, Los Riva y yo nos sentamos en nuestros sitios, y Jack Connery volvió a sorprender al público:
-Inexplicablemente se ha vuelto a cometer un crimen en este lugar. Esta vez ha sido secuestro, y el desaparecido es León Volkov; quizás sabía demasiado sobre la muerte de Prottasov y fue reducido. Lo extraño del caso es que nadie ha podido salir del edificio, así que pediría a todos los detectives aquí presentes se pusieran manos a la obra y buscaran a nuestro amigo Volkov.
Pensé que lo mejor sería hablar con los hermanos Riva, y decidí invitarles a mi habitación. Al llegar Sharon se fue a escuchar música al salón, pues se celebraba un baile para calmar los ánimos. Según me contó Sharon, Felipe hizo amistad con Melinda y hablaron toda la tarde. Pero no me preocupó mucho, ya que en la conversación con los Riva imaginé un plan:
-John - dijo Roberto - está claro que existe una puerta o pasadizo secreto en ese dichoso salón.
-Es lo que llevo pensando toda la tarde - contesté - Por eso, cuando estuvimos en el salón me fijé en todo lo que podría ser una puerta camuflada, y encontré tres posibles formas: el reloj apoyado en la pared, el mini-mural abstracto y el cuadro del fumador.
-Pero el cuadro del fumador está a gran altura - reclamó Alberto.
-Si, pero es la única forma de que pudieras oír las bisagras; el reloj sería corredizo, y el mural giraría en torno a un eje; los demás cuadros son demasiado pequeños, y además me fijé en un pequeño taburete que está bajo este sospechoso retrato, que bien podría servir de escalera hasta allí.
-Yo creo que lo mejor es una visita nocturna - dijo Roberto de manera contundente.
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Y así fue; la cita era a las tres de la mañana, por seguridad, y al ser cuatro, cada uno se ocupó de una pared. Lo primero que hice fue mirar el reloj; intenté desplazarlo pero era inútil. Busqué algún resorte y, sin querer hacerlo paré el péndulo. Ferdinando se encontraba en el mural abstracto, y enseguida un pequeño botón surgió al haber detenido yo el péndulo.
Esperó a que todos llegásemos, y con la luz de la linterna de Roberto lo apretó. Enseguida se oyeron unas bisagras, y todas nuestras linternas apuntaron al cuadro, que ya estaba abierto. Con ayuda del taburete, subió Roberto al pasadizo, y asombrado me invitó a subir. Era impresionante: este pasadizo se comunicaba con todos los pisos mediante un montacargas. Rogamos a Alberto y a Ferdinando que vigilaran, mientras nosotros veíamos a que habitaciones tenía acceso el montacargas.
Tenía acceso al garaje y a la cuarta planta, concretamente a las habitaciones de Kart Jackson y Luisa Ramírez: justamente mis máximos sospechosos. Uno de ellos había sido el secuestrador de Volkov pero ¿dónde se le retenía? La idea del parking brilló en mí, y con una simple mirada, Roberto supo donde tenía que dirigir el montacargas. Había tres coches: uno el que nos recogió a Sharon y a mí, y otros dos que eran de desconocidos. Roberto, bien equipado con un juego de llaves maestras, abrió un Jaguar amarillo, que sospeché sería de uno de los dos dueños de esta “casa de los detectives”. Pero allí no encontramos nada. El siguiente era un Ford metalizado en el cual Roberto empleó su destreza de manera veloz para descubrir el cuerpo, por fortuna vivo, de León Volkov.
Estaba muy mal, y le llevamos hasta el montacargas. La entrada secreta del parking estaba escondida tras una manguera para posibles incendios si es que la manguera era de verdad. Como la capacidad del montacargas era de dos personas, Roberto subió a León Volkov y le dejó con sus hermanos; luego bajó por mí y todos reunidos entramos en el ascensor que nos llevó a nuestra planta para luego introducirnos en la habitación de los Riva. Le dimos un poco de agua al señor Volkov, y este reaccionó:
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-Gracias por sacarme de allí - dijo débilmente - quizás una hora más hubiera acabado conmigo, ya que la dificultad para respirar era bastante elevada.
-“¿Sabe usted quién le secuestró?”-preguntó ansioso de ser contestado Alberto.
-“lo único que sé”-contestó Volkov-“es que momentos después comunicar a los dos grandes detectives de esta casa, Phil y Luisa, mis últimos descubrimientos sobre la muerte de Protassov, alguien entró en mi habitación forzando la cerradura y mientras dormía me aplicó cloroformo. Así se cometió mi secuestro”
-“Pero ¿cómo puede usted hacer nuevos descubrimientos sin tener datos sobre Protassov?”-preguntó Ferdinando.
Era una buena pregunta, pero mejor fue la respuesta del señor León:
-“Ayer me enviaron informes del hospital, y el veneno utilizado era una mezcla de varios componentes que solo un genio de la química podía haber realizado. Esta era una buena pista para descubrir al asesino, y él lo sabía, por eso me secuestró”
León Volkov quedaba totalmente eliminado de mi lista negra, y quedaba ésta reducida a seis; esto demostraba que Felipe estaba por el buen camino cuando lo eliminó de su lista. En ese momento recordé que estaba consumando algo que jamás había hecho: tres investigaciones paralelas en un mismo caso. Con este pensamiento se me ocurrió decirles a los hermanos Riva que dijeran que ellos eran los que habían descubierto el cuerpo, y que no mencionaran lo del montacargas por el momento.
Volkov se quedó durmiendo en la cama de Ferdinando, mientras éste disfrutaba del “bonito” sofá de serie.
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Al día siguiente, la aparición de León Volkov junto a los Riva, provocó en el salón murmullos y caras de asombro. Pidió a Jack Connery la palabra en el altar; trágicamente se le fue concedida, y estas fueron sus palabras:
-“Quiero denunciar a dos personas por cometer mi secuestro, ya que fue a las únicas que conté mis descubrimientos son Phil Grant y Luisa Ramírez”
El bullicio que se produjo en la sala me era familiar. Jack Connery había provocado ya dos, y Volkov no fue menos con su primer intento. Rápidamente subió Luisa Ramírez al estrado, y comentó que ella había ya informado al todos menos a Jack, Javier (el botones), Atere (el conserje) y a Michael Smith.
Esto parecía librar de culpabilidad a estos cuatro personajes de culpabilidad a estos cuatro personajes, y Felipe, que se encontraba a mi lado, me dijo que su lista ya estaba los seis sospechosos. Coincidía conmigo puesto que también disponía del mismo número.
De formas distintas los dos llegamos a reducir nuestros candidatos al trono de asesino de Protassov. Pero yo tenía una ventaja: sabía bastantes más cosas que él, las que compartía con los hermanos Riva. En aquel momento pensé en la comparación con un ordenador central que recibía datos de otros ordenadores, que en mi caso eran los Riva y Felipe.
Pensé que lo mejor sería esperar ya al día diez para interrogar por separado a cada uno de mis sospechosos, y como conocía los extraños medios que utilizaba Felipe para este tipo de cosas, preferí que fueran los Riva los que me ayudaran en esto.
Diez de Marzo de 1993, al que yo llamo “1er día de las preguntas”. A las 12:30 de la mañana llevamos a mi habitación a los que ahora eran los principales sospechosos: Phil Grant y Luisa Ramírez. Decidimos separarnos: Ferdinando y Alberto se quedarían con Phil Grant en la habitación 303; Roberto y yo, en la 304, nos quedaríamos con la “encantadora” Luisa Ramírez.
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Luisa era una de las personas más desagradables que conocía, y rivalizaba incluso con la misma Melinda. Entonces fue cuando la recordé ¿Cómo irían las investigaciones con Melinda?
Pensé que después de que transcurrieran los días del interrogatorio sería conveniente una pequeña visita para contrastar información.
Este fue, de manera resumida, el interrogatorio que mantuvimos Roberto y yo con nuestra sospechosa:
-“Bueno”-comenzó rompiendo el hielo Roberto-“su cargo en esta “casa de los detectives” le ha dado a la planta tercera un buen número de sospechas en su contra. Se baraja la teoría de que usted cometiera el asesinato para dar fama al lugar, que según he hablado con el conserje, hace bastantes meses que no recibe huéspedes”
-“Esta acusación carece de sentido”-contestó Luisa-“Phil es un gran amigo mío, y después de la muerte de mi madre, la antigua dueña, me pidió que el edificio siguiera en la misma empresa, y yo acepté. Para él tenía mucha importancia, pues era deseo póstumo de su padre que el negocio, aunque no muy rentable, continuara”.
-“Entonces”-pregunté yo-“usted no ha obtenido beneficios de esta casa”
-“Si, por supuesto”-contestó-“De algo tengo que sobrevivir. Además las quince habitaciones que poseemos no deberían dar gran beneficio aunque siempre estuvieran llenas. Más que un negocio es un capricho, y entre la ayuda del gobierno y los pocos huéspedes fijos que tenemos conseguimos salir adelante”
Hasta ahora había sacado dos cosas en limpio: primero, que Roberto sabía algunas cosas que yo desconocía, como era la falta de clientes; segundo, que era casi imposible que el Jaguar que encontramos en el parking subterráneo fuera de Luisa. Para resolver esta duda, lo mejor era preguntar:
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-“Solo por curiosidad”-dije quitándole importancia-“me gustaría saber quién es el dueño del flamante Jaguar amarillo que permanece en el garaje.”
-“Ese coche, pertenecía al señor Protassov, que en paz descanse”
-“Y el Ford metalizado”-preguntó Roberto sin darle importancia a la anterior respuesta.
-“Es un regalo que María Sukuma recibió de Michael Smith en sus tiempos de pareja”
El resto de la conversación sirvió para contrastar datos que ya conocíamos, excepto esta pregunta:
-“¿Cree usted que podría existir algún pasillo secreto o algo similar en esta casa?”
-“No conozco los planos de la casa, pues fue mi madre la que mandó construir el edificio, pero no rechazo esa posibilidad”
Nos despedimos de ella, y momentos después Ferdinando y Alberto aparecieron en mi habitación con una cara que no reflejaba mucha suerte en su investigación:
-“Lo único que hemos podido saber”-dijo Ferdinando-“es que Phil Grant no tuvo estudios; quizás eso le aparte un poco de la lista negra puesto que el veneno era un combinado que solo un genio de la química podía concebir”
Los dos interrogatorios no revelaron muchas cosas, y parecía que Phil y Luisa eran ya un poquito más inocentes.
Por la tarde, otra reunión de Jack Connery impidió nuestra segunda parte del interrogatorio, que fue aplazado para el día siguiente. Pero Jack Connery nos dio una noticia que nadie esperaba y consiguió atrasar indefinidamente el interrogatorio de una persona:
-“Kart Jackson se fugó en el coche de recogida de la empresa y el botones fue a comunicarlo a la policía; hora y media después un agente nos comunicó que fue encontrado con un tiro en la boca y la pistola en la mano: se había suicidado. Con esta noticia el caso queda resuelto, puesto que Melinda nos comunicó que anoche en una reunión secreta que él era el asesino, y al enterarse encontró la única solución en el suicidio. Gracias por su colaboración, y esperemos que vuelvan a vernos alguna vez”.
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Increíble pero cierto; todo esto era muy extraño, y decidí hablar con Melinda; pero el cansancio lo aplazó hasta el día siguiente.
El día once iba a ser uno de los días más fundamentales en la resolución del caso.
Fui a hablar con Melinda a primera hora:
-“Bueno días”
-“Buenos días”-contestó Melinda escondiendo su mala educación.
-“Me gustaría acabar esta conversación lo antes posible”-avisé a Melinda-“, con lo cual iré al grano. ¿Cuáles son o fueron las causas por las que culpó al pobre señor Kart Jackson?”
-“Yo también seré corta y precisa para acabar cuanto antes”-contestó
Por fin estábamos de acuerdo en algo. Siguió hablando:
-“Conozco toda la carrera profesional de Kart y Protassov, y se que juntos resolvieron un caso por envenenamiento y que Kart Jackson tuvo que estudiar diversas mezclas de veneno para resolver el caso. Se lo hice saber a los demás, y tuvo que enterarse, pues se fugó”
-“Como última pregunta”-le dije-“¿Quiénes eran los demás?”
-“Todos menos María Sukuma que se encontraba muy mal”
Educadamente le di las gracias y me fui a mi habitación donde rápidamente reduje la lista negra a cuatro personas. Este caso se había puesto tan complicado que decidí resolverlo como una vez lo había hecho: era arriesgado pero parecía la única solución. Con todos los datos que tenía elaboré lo que pensé podía haber sucedido hasta ahora, y el resto de la investigación se basaría en esa historia.
En ese momento ésta era la historia que yo tenía:
“El individuo en cuestión, había envenenado a Protassov. Secuestró a León Volkov, porque éste sabía datos reveladores sobre el caso, pero los Riva y yo se lo estropeamos. Más adelante Melinda acusó a Karl Jackson, y el asesino vió la oportunidad de “quitarse el muerto de encima” y nunca mejor dicho. Cogió a Karl, y de alguna forma lo llevó al coche y dejándole en las afueras lo asesinó fingiendo suicidio. Con esto dejaba el caso resuelto y se libraba de ser descubierto”
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Uno de estos cuatro individuos era el de nuestra historia: Phil, Meter, Luisa o Michael; ya que María no sabía lo de Karl y el conserje estuvo cuidando de ella toda la noche como más tarde supe, y no podía haberse enterado.
En ese momento deseché las relaciones profesionales con Felipe y los Riva y preferí centrarme en la mía propia.
Se me ocurrió una idea: invité al primer miembro de mi cuaterna de sospechosos y le pedí que cambiara el Jaguar de lugar para ver si funcionaba, simulando que yo no sabía conducir. Todos me preguntaron el porqué, pero les dije que era algo secreto. La verdadera intención era la de descubrir si alguien de los cuatro no sabía conducir. Efectivamente uno de ellos, en este caso una, no sabía. Era Luisa, y no encajaba en el “caso-modelo” que yo tenía por patrón. Solo me quedaban tres hombre, Michael, Phil y Meter, siendo este último del que menos sabía. Pero el día no dio para más y tuve que esperar al siguiente para aclarar las cosas.
Doce de Marzo. Llevaba ya bastante tiempo trabajando en el caso, y además en solitario, puesto que Sharon no me ayudó en un solo momento en la investigación, cosa que al final comprendí y que ustedes también comprenderán.
Planifiqué el día: por la mañana, un vistazo a todo el edificio; por la tarde una “entrevista” a Meter Schultz.
Investigué el salón, y encontré algo muy interesante: un pequeño cordel que unía la pared y el cuadro que tapaba el pasadizo secreto; si alguien lo utilizaba el cordel lo delataría. Los hermanos Riva también llevaban su propia investigación, aunque de una manera muy distinta de la mía.
Nada interesante en el resto de la visita, y como quedaban veinte minutos para la hora de comer, decidí darle un vistazo a aquel jaguar del garaje, puesto que a mi me encantaban los coches. Los coches precisamente, serían parte fundamental al resolver el caso.
Bajé al parking subterráneo, y entonces me di cuenta de algo de lo que no me había percatado el día anterior: el pequeño taller que antes estaba abierto, había cerrado su puerta. Era muy extraño, pero si era lo que yo pensaba, tenía medio caso resuelto, si es que a partir de ese momento se le podía llamar caso.
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Por la tarde la visita que hice a Meter Schulth le libró de culpabilidad. Un detalle que no parecía tener importancia fue fundamental:
-“Buenas tardes señor Schultz”
-“Buenas tardes”-contestó.
-“Siento decirle que es usted uno de mis mayores sospechosos en este caso”-le dije
-“Siento decirte”-contestó irónicamente-“que es usted uno de mis mayores detectives equivocados en este caso”
-“El paso de los días”-volví a recalcar-“ha eliminado candidatos, pero usted persiste en la lista negra”.
-“No me lo explico; no tengo razones algunas para haber matado al gran maestro Boris Protassov”
-“Ahora mismo”-le contesté-“se encuentra usted como el queroseno en comparación del agua: mientras esta última se encuentra en ebullición, el queroseno permanece sin bullir. Muchos de los que eran sospechosos han empezado su ebullición, pero usted no lo consigue”.
-“No me compare con venenos, por favor; le rogaría que si no tiene pruebas contra mí me dejara en paz”.
Le dejé marchar, pues sin querer acababa de firmar su inocencia. El queroseno es una clase de petróleo utilizado en la aviación, cuya ebullición está entre los 175 y 275 grados centígrados. Ningún químico lo confundiría con un veneno, y menos el genio (según Volkov) que consiguió esa mezcla mortal.
La frase del queroseno no era fortuita sino que la tenía pensada para los tres sospechosos. Sin embargo solo funcionó con Meter, puesto que los otros dos no hicieron comentario alguno. Pensé que al oír un nombre como ese pensarían que les estaba hablando de venenos pues de eso iba el caso.
La historia era cada vez “más bonita”, puesto que solo había dos nombre: Michael Smith y Phil Grant.
Con esta conversación (que libraba a Peter de toda sospecha), di por finalizado el día.
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TERCER CAPITULO:
-Un trabajo convertido en gloria
Con el día 13 empezaba mi última semana de caso. Toda la mañana estuve pensando en la manera de eliminar a uno de los dos sospechosos, y encontrar por fin al culpable. También imaginé lo que podría pasar si, al resolver el caso, todo el planteamiento que usé para conseguirlo no fuera cierto y me convirtiera en el hazmerreír de los detectives. Pero ya tenía medio caso resuelto (por lo del taller del garaje), y no tenía mucho de que preocuparme. Decidí dedicar ese día a Sharon, y sin hablarla del caso, estuve todo el rato intentando que los dos lo pasáramos bien.
Después de este descanso me tomé el día 14 de forma seria. Quedé con Jack Connery y le conté quienes eran mis “favoritos” para el “Oscar al crimen”. Tres cosas me contó Connery que yo no conocía: primero, que los dos tenían altos estudios, refiriéndose a lo del veneno; segundo, que Phil Grant relevó en el puesto de Director a su padre pero involuntariamente. Una cláusula del testamento le obligó a hacerlo si no quería perder la herencia; finalmente Michael Smith había sido castigado económicamente por el padre de Phil, y parecía que quería abandonar la casa lo antes posible.
Con esto los dos sospechosos ganaban en su contra: matar a Protassov podría permitir a Phil cerrar el local y a Michael marchar de allí con razones lógicas.
Pero Michael parecía el favorito por la conexión de su habitación con el montacargas, ya que la habitación de Phil no tenía acceso al pasadizo.
Por la tarde estuve en mi habitación, leyendo una y otra vez el texto que les mostré anteriormente sobre mis suposiciones, y pensando en la manera de saber quién de los dos era el asesino.
A las dos de la mañana conseguí la idea que pondría en práctica el día siguiente.
El día 15 se presentaba fundamental para la solución del caso. Bajé al salón y todos se encontraban allí. Pero necesitaba que uno de mis dos sospechosos no estuviera allí para concretar mi plan. Decidí usar a Felipe:
-“Felipe”-le dije-“necesito tu ayuda”
-“¡Hombre si todavía me recuerdas!”-contestó con su gracioso acento mexicano-“¿Qué tal te va el caso? He reducido mi lista a cuatro personas…pero ¿qué quieres que haga por ti?”
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Cuatro personas era una lista muy abultada comparada con la mía. Pero seguí la conversación sin comentarle nada:
-“Necesito que entretengas un par de minutos a Michael mientras hablo con Phil”
-“¿Para qué diablos necesitas separarlos?”-contestó preguntando.
-“Te rogaría que no me preguntaras nada y que hicieses lo que te pido”
Demostrando su amistad, se separó de mí, y con unas breves palabras consiguió sacar a Michael del salón. Me dirigí a Phil y le comenté lo que era mi plan:
-“Me gustaría que me ayudara a concretar una ley física que estoy estudiando y no consigo comprender. Si no lo hago suspenderé mi próximo examen”
-“No sabía que estudiaba”-contestó.
-“Es un reto que me planteé hace dos años”-mentí descaradamente-“No es algo muy serio”
-“Será un placer ayudarte”-dijo de forma amable.
-“Dicen que el péndulo de un reloj tiene un movimiento constante, pero si éste es parado se vuelve a poner en marcha, las diversas fuerzas que actúan sobre él hacen que sus primeros movimientos no cumplan la ley hasta pasados unos instantes. Además, quiero comprobar que las ondas del periodo repercuten en la pared; mientras yo me sitúo en aquel bello mural, quiero que usted pare el péndulo, y así mediante las ondas de la pared, si es que existen, podré comprobar si el ritmo es o no constante.”
-“Con mucho gusto”-contestó
Paró el péndulo con toda la tranquilidad del mundo, y después del experimento me preguntó que si había sacado las conclusiones que pretendía le contesté que sí y le di las gracias, marchando hacia la mesa que tenía el gran puchero de ponche para echar un trago. Al minuto apareció Felipe con Michael, y después de ponerse a mi lado para preguntarme la razón de lo que le había pedido, le dije que si podía repetirlo con Phil. Me miró como si yo fuese un loco y cumplió su labor.
Me dirigí a Michael y le pedí que me ayudara tal como lo hice con Phil, y al comentarle que debía parar el péndulo mientras yo estaba en el mural, me contestó que no podía ayudarme puesto que tenía muchas cosas que hacer.
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Perecía que mi caso estaba resuelto. Y los dos días siguientes los emplee en hablar con Felipe y los Riva, pero estaban desencaminados en cuanto a lo que era mi teoría; también hablé con Melinda, muy a pesar mío, pero ella seguía estando conforme en su primera teoría, y no me valió de mucho.
El día 17 creí que lo mejor sería anunciar a mi resolución del caso para el día siguiente, esperando algún intento del asesino de librarse de mí, pero no fue así.
Provocó un gran tumulto la noticia de que había resuelto el caso, y parecía que todos estaban esperando al día siguiente para acabar con su inquietud.
Llegó el gran día y cuando llegué al salón todos estaban sentados esperando mi sermón. Al fin se iba a descubrir si el camino que había seguido era el correcto. Mi carrera estaba en juego, pero sin pensármelo más conté mi historia:
“Comenzaré por el principio; mi invitación a este supuesto evento y el extraño comportamiento de Sharon, mi compañera, ya me parecían sospechosos. Pero me centraré en el asesinato. Una vez se nos encomendó resolver el caso me dediqué a eliminar gente de la lista que formaban los inquilinos del hotel, excepto los de la planta tercera. Mantuve una investigación con los Riva y descubrí un pasadizo secreto que junto a mis pequeños experimentos para engañar a los sospechosos conseguí que Michael Smith fuera el único que permaneciera en la lista.
Ahora les relataré como Michael Smith cometió el que yo llamo “asesinato imposible”. Sus conocimientos de química le impulsaron a crear un veneno perfecto para su crimen, y no ha cometerlo mediante el uso de algún arma. Cuando descubrió que León Volkov sabía que el veneno utilizado era de complicada invención, intentó librarse de él, pero el descubrimiento del montacargas que comunicaba las plantas del edificio nos llevó al parking donde Roberto y yo salvamos a Volkov de una inminente muerte, que también me hizo sospechar de lo que será la segunda parte de mi sermón. Luego, Karl Jackson fue acusado del crimen, y Michael aprovechó para fingir una muerte asesinando en el coche de la empresa y a las afueras de la ciudad el “pobre” Kart, del que luego trataré. Parecía que el caso quedaba resuelto, pero yo seguí investigando. Me basé en mi propia información para resolverlo, y viendo quién tenía conocimientos de química y quién no, y los que sabían conducir, llegué a la cifra de dos sospechosos. Utilicé el argumento del montacargas para ver quién de los dos lo conocía, sabiendo que el pasadizo estaba comunicado con la habitación de Michael.
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Efectivamente, éste sabía de su existencia, y así demostró su culpabilidad.
Ahora comienza la segunda parte del caso: el almacenamiento de datos como el comportamiento de Sharon, el momento de celebración del evento y el ver que el chofer que vino a recogernos conocía nuestro aspecto, me hizo sospechar en una posible broma o trampa. La total incomunicación con el exterior y la extraña matrícula del Jaguar amarillo del aparcamiento me hicieron ver lógica en mis sospechas. La gota que colmó el vaso fue cuando se cerró el pequeño taller del parking. Sospeché que el coche en el que se cometió el presunto asesinato de Karl no había salido del recinto.
Concluyo este discurso afirmando que todo esto ha sido una broma, farsa, concurso o algo parecido, en el cual se pretendía ver que el asesino de la historia era Michael Smith”.
En ese momento se abrieron las puertas. Menos los detectives, todos se levantaron y empezaron a aplaudir. Aparecieron Boris Protassov y el “resucitado” Karl Jackson. Cámaras de televisión y decenas de periodistas invadieron el salón. Suspiré. Había acertado en mis conclusiones. Protassov me felicitó por “descubrir su asesinato” y me comentó que el premio de este extraño concurso era un coche Jaguar de color amarillo en cuya guantera había un cheque por valor de 35.000 dólares.
Al día siguiente aparecí en todos los periódicos. Era el día de marchar a UTA y me despedí de los Riva y de Felipe, los cuales felicitaron por enésima vez mi labor en este caso ficticio.
El tiempo pasó volando, y volando nos encontrábamos de vuelta a casa con un bello Jaguar en el lugar de nuestro transporte. Sharon me contó que el supuesto Connery la había llamado para concertar unas vacaciones en Alicante, y la pidió que una vez allí y recibida la invitación me convenciera de asistir. No sabía lo que iba a suceder, pero se le pidió discreción y no ayudarme como reglas básicas. Me pidió perdón una y otra vez; al saber de la actuación de Sharon recordé las actuaciones de los otros componentes de esta trama. El periódico me hizo saber lo de los micrófonos y cámaras ocultas que informaban a los dirigentes de cómo llevábamos el caso.
Aunque el caso fuera irreal, me gustaba que todo encajara a la perfección. A la perfección encajó este caso en su archivo y el Jaguar amarillo en mi garaje, así como los 35.000 dólares en nuestra cuenta bancaria.
Así termina el caso, pidiéndoles disculpas por haberles ocultado mis sospechas sobre si el caso era real o no, pero creo que le da un aire de intriga a este escrito.
Recuerden:”la gente cabal comete siempre los crímenes más inesperados”, sobre todo si el que los concibe es el propio asesinado.
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Posted by Rafael on 09.25.08 7:57 am
No está mal el relato…¿nadie más se anima?
¿Qué tal un concurso con premio?
Lo mismo nos animamos algunos
Saluditos